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EL ENEMIGO IMPLACABLE

29 de Noviembre de 2013 // AVE CESAR 3

EL ENEMIGO IMPLACABLE

Tercer disco de AVE CESAR del sello NEMS, publicado junto con la revista Epopeya Nº 29 en enero de 2000. // publicado por: César Fuentes Rodríguez

Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes, Francisco de Goya (1771) Busto de Aníbal Barca

 

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Desde su fundación, el destino de Roma fue expandirse. Crecer, desafiar a sus vecinos, sumar territorios, conquistar y anexar. La historia comenzó en la pequeña colina del Palatino, pero su dominio se extendió pronto a la región circundante del Lacio y luego, como una infección, a toda Italia, para desbordarse más tarde por la cuenca del Mediterráneo. Los romanos no siempre resultaron victoriosos; muchas veces estuvieron al borde de quebrarse, pero la ambición pudo más.

Derrocada la Monarquía e instaurada la República, las luchas por la hegemonía recrudecieron. Se enfrentaron contra el destronado rey Tarquino, al frente de los latinos, y lo vencieron. Pórsena, el jefe etrusco, llegó a ocupar la ciudad, pero los descendientes de Rómulo lograron que retirara sus tropas a cambio de un humillante tratado de paz. Resistieron a los volscos y a los ecuos, pueblos de pastores belicosos siempre al acecho. Sitiaron la fortaleza etrusca de Veyes, que durante diez años les negó el paso pero al fin cayó. Los galos a las órdenes de Breno se abatieron sobre Roma, que debió ser evacuada, y los viejos magistrados se dejaron matar negándose a abandonarla. Los samnitas, los umbrios y los sabinos también los tuvieron en jaque. Pirro, rey de Epiro, hizo desembarcar su ejército en la península, y casi alcanzó a ponerlos de rodillas, pero su última embestida fracasó y debió volverse. Los más hermosos relatos de patriotismo, valentía y honor contaban de este período los romanos a sus hijos y nietos. Lloraban de emoción evocando a sus héroes Manlio, Mucio Scevola y el intrépido Horacio Cocles, el modesto Cincinato y el inflexible Camilo.

Pero en tren de narrar hazañas, hubo un personaje que no por execrado y temido dejó de despertar admiración. Un enemigo como Roma jamás había conocido. Un rival que no parecía posible doblegar o comprar, porque ya cuando pequeño su padre le había hecho jurar odio eterno hacia los romanos frente al altar de los dioses. Su nombre era Aníbal Barca, y con sólo veintiséis años fue designado general del ejército cartaginés en España. El poderío de Roma iba a temblar.

Cartago era por aquella época (221 a.e.c.) una colonia fenicia asentada en el norte de África que había llegado a convertirse en la potencia comercial y marítima más importante del Mediterráneo, con posesiones en Córcega, Cerdeña, Sicilia y la Península Ibérica. El creciente antagonismo con Roma era inevitable. Ya se había producido un primer conflicto, en el que los cartagineses resultaron vencidos y debieron pagar tributo. La mecha volvió a encenderse entonces en una disputa con la ciudad de Sagunto, aliada de los romanos. Aníbal rechazó las embajadas y declaró la guerra.

No podía llegar a Italia por mar, porque el enemigo controlaba las aguas del Mediterráneo, de modo que el gran guerrero intentó lo imposible. Atacó por tierra dando un rodeo monstruoso e improbable a través de los accidentes naturales y las tribus hostiles. Partió de Cartagena (según el historiador Polibio) con 90.000 infantes, 12.000 jinetes y 38 elefantes. Al atravesar los Pirineos sufrió bajas y deserciones a granel; luego intentó cruzar el Ródano, río de corrientes turbulentas, y ordenó construir barcas para los soldados y balsas para los elefantes. Su peregrinación a través de los Alpes fue una auténtica proeza bajo los intensos fríos y las espesas nevadas; animales y hombres patinaban en los riscos y eran engullidos por el vacío, mientras los galos los emboscaban arrojando grandes piedras sobre sus cabezas. Los romanos estaban al tanto de la marcha del joven general, pero nunca creyeron que pudiera llevar a cabo tan temeraria empresa y, sobre todo, en un tiempo tan corto. Porque, cinco meses después de haber salido de Cartagena, Aníbal puso pie en territorio romano, y aunque había perdido más de la mitad de su ejército, aún estaba preparado para dar pelea.

En su embestida, traspasó cada barrera hostil que le opusieron, hasta que estuvo a tiro de la amurallada Roma. Sin embargo, en una decisión difícil de explicar, optó por pasar de largo y dirigió sus efectivos hacia el sur. De nuevo una portentosa batalla lo tuvo como triunfador en la llanura de Cannas. Y entonces, en lugar de marchar sobre Roma, se dirigió hacia la ciudad de Capua, donde permaneció quince años con su ejército al acecho sin realizar ninguna acción definitiva. Hasta el día de hoy los historiadores se preguntan qué razones tuvo Aníbal para postergar el ataque final. Unos dicen que sus tropas, ya bastante debilitadas, carecían de máquinas de sitio para destruir los muros de la ciudad; otros, que esperaba refuerzos de Cartago, los cuales le fueron negados por la familia de los Hannon (enemiga de los Barca) que se hallaba entonces en el poder. Ninguna respuesta es satisfactoria. El general romano Publio Cornelio Escipión tomó entonces la iniciativa, desembarcando con treinta mil hombres en África y llegando a las puertas de Cartago. De ese modo, obligó a Aníbal, reclamado ahora por el gobierno de los Hannon, a salir de Italia y enfrentársele en la batalla de Zama. Fue una contienda memorable, donde Aníbal terminó perdiendo su ejército, pero no su prestigio ni su odio.

Cartago tuvo que rendirse y pagar tributo nuevamente, y Aníbal partió hacia el extranjero, donde colaboró activamente contra los aliados de Roma, hasta que, perseguido y traicionado, se suicidó con veneno al verse cercado.

El celo romano no podía permitirse un poderío como el cartaginés, dispuesto a levantarse una y otra vez. Pasado que hubo algún tiempo de la muerte de Aníbal, un nuevo conflicto estalló, y sin un general como aquél la guerra estaba perdida de antemano. Cartago fue incendiada. Las llamas devoraron las construcciones durante diecisiete días. El Senado romano ordenó arrasar la ciudad, pulverizar las ruinas con el arado y sembrar la tierra de sal para que nada volviese a crecer allí. La codicia de Roma tenía ahora vía libre para conquistar el mundo.

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